Apocalypse Now y El Corazón de la Tinieblas

La literatura ha sido fuente de inspiración inagotable para el cine. Desde los inicios del séptimo arte numerosas obras literarias han sido llevadas a la gran pantalla con mayor o menor fidelidad a la obra original. Esta situación ha creado siempre un debate un tanto ficticio sobre si es mejor la peli o la novela en que está basada, pero lo cierto es que hay casos en los que algunos cineastas usan la adaptación de una obra literaria y consiguen ofrecernos una nueva visión de la obra nunca antes vista. Este es el caso de Apocalypse Now, la curiosa y fascinante adaptación a la gran pantalla que Francis Ford Coppola hizo de la novela de Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas.

En 1899 el escritor polaco Joseph Conrad escribió esta sensacional novela en inglés, su tercer idioma, en la que nos cuenta la historia del viaje de Charlie Marlow remontando el río Congo y su llegada a una estación comercial donde contempla las aberraciones que los colonos cometen con los nativos en pleno colonialismo de África y donde va en busca de Kurtz, persona encargada de una estación de explotación de marfil en el interior de la selva y que parece haberse erigido en una especie de dios, que se encuentra terriblemente enfermo y preso de la locura.

Apocalypse Now transcurre durante los años 60 y tiene como escenario la guerra de Vietnam. En la película de Coppola, Benjamin Willard, interpretado por Martin Sheen, obedeciendo órdenes de sus superiores, tiene que remontar el río Knong para llegar hasta Camboya donde el coronel Walter Kurtz, interpretado por un sensacional Marlon Brando, se ha convertido en una especie de semidiós para los nativos del lugar, los Montagnars. El personaje interpretado por Marlow está enfermo y como el de Conrad también muere, aunque, como veremos más adelante, por causas totalmente distintas.

Como podemos comprobar los argumentos de ambas historias son prácticamente iguales e incluso el Kurtz de Francis Ford Coppola a la hora de morir pronuncia las mismas palabras que el personaje de Conrad: “El horror, El horror”.

Ambos personajes habían visto hasta qué punto puede llegar a degenerarse el corazón del ser humano. Uno vio la masacre llevada a cabo por el imperialismo salvaje de Leopoldo II en el Congo, en el caso de Conrad, y otro, en el caso de Coppola, nos narra los desastres de la guerra de Vietnam y su influencia en los soldados que participaron en esa contienda. Ambos personajes han sido testigos de la más baja degeneración del ser humano y se han contagiado de esa oscuridad profunda, de esas tinieblas, que surgen en los corazones de los hombres cuando el mal nos rodea por todas partes. El mal es algo innato en los seres humanos, no es de carácter sobrenatural: “La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria; el hombre por sí mismo es muy capaz de cualquier maldad”, como dice Marlow en un momento de la novela.

El desenlace de Apocalyse Now

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El contenido de ambas historias, como ya he apuntado, es casi el mismo, pero en Apocalipsis Now la muerte de Kurtz se produce por motivos diferentes que en la novela de Conrad y es ahí, en este motivo, cuando Coppola, a partir de la adaptación, crea algo totalmente nuevo, ya que en la obra de Conrad el personaje de kurtz muere de enfermedad, es decir, de muerte natural, mientras en la película de Coppola, Kurtz es asesinado por Willard por orden de sus superiores. Majestuosa es la frase que el personaje de Brando le suelta a Willard: “He visto horrores… horrores que usted ha visto. Pero no tiene derecho a llamarme asesino, tiene derecho a matarme. Tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme”.

El asesinato del coronel Walter E. Kurtz es lo que hace que la película de Coppola se convierta en algo más que en una mera adaptación de una obra literaria. No ya únicamente por el cambio en el tiempo del relato, ni del espacio, ni de los personajes, sino que creó una historia alternativa y diferente cuando el capitán Willard asesina al coronel Kurtz. Y es en este hecho donde reside la genialidad de Coppola, además de que a partir de aquí su película bebe de otras fuentes literarias distintas a Conrad.

Otras fuentes literarias de Coppola

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Debemos recordar que Willard no mata únicamente al Coronel Kurtz, un miembro del ejército americano, sino que llevando a cabo tal gesto, Willard se convierte en el asesino de un “Dios hecho hombre”, de una persona que los nativos consideraban una deidad. De esta forma, al final de la película, cuando Willard sale del templo donde acaba de dar muerte a Kurtz, los nativos se arrodillan a su paso en señal de adoración dando a entender que los poderes divinos de Kurtz han sido traspasados a Willard, convirtiéndose así en nuevo Dios para los nativos.

En este último suceso vemos claramente la influencia del antropólogo inglés J.G. Frazer en la cinta de Coppola. Frazer nos cuenta en su libro La Rama Dorada que eso precisamente le ocurría a los reyes del fuego y del agua en Camboya “que no se les permite morir de muerte natural y por esto cuando algunos de estos reyes míticos está seriamente enfermo y los jefes de la familia piensan que no va a recuperar la salud lo apuñalan”. No es casualidad que en la mesilla que había junto a la cama de Kurtz se pueda ver claramente un ejemplar de este libro junto a otro de los Four Quarters de T. S Eliot, dejando bastante claro que Coppola cambió el final conscientemente con respecto a la novela de Conrad para dejar esa sensación de que todo en este mundo es capaz de regenerarse, aunque su germen esté en el mal más profundo.

No es de extrañar que la peli empiece con los sonidos de helicópteros que incendian con Napalm la selva vietnamita mientras de fondo suena como banda sonora el tema The End de Jim Morrison. La regeneración por el fuego, el sentido cíclico de la vida, la destrucción da paso a un nuevo orden, el final convirtiéndose en principio. Sea como fuere y a pesar de las diferencias entre ambas, estamos ante dos grandes obras maestras.

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Gutiérrez Solana. La España negra

A José Gutiérrez Solana (Madrid 1886) fundamentalmente se le conoce por sus cuadros, por esas pinturas de carácter tenebrista, de una España casticista, como de pesadilla goyesca, ambientadas en los bajos fondos, en los arrabales, en el mundo de la prostitución, de las procesiones de santos en los pueblos seguidas de mujeres enlutadas, de obispos sentados a una mesa bebiendo y comiendo a destajo y de matarifes y coristas despiojándose.

laschicasdeclaudiaPero no debemos olvidar que Solana fue también un escritor de cierto prestigio entre los intelectuales de su época. Y es esa faceta, la de escritor, la que vamos a analizar en este pequeño artículo. Aunque, como comprobarán, es casi imposible analizar su producción literaria sin hacer constantes referencias a sus cuadros y pinturas. Porque los temas de sus cuadros están en sus escritos.

Solana escritor

tertuliadePombo“Se había puesto en pie y andaba emperchado de gris o giraba difícilmente como una veleta desmontable atornillado mal por la suela”. Así vio Juan Ramón Jiménez al pintor Gutiérrez Solana cuando en una ocasión el poeta moguereño visitó la tertulia de Pombo, aquel cenáculo futurista que presidía un joven regordete con patilla a lo Larra llamado Ramón Gómez de la Serna. Una tertulia, la de Pombo, de la que Solana era asiduo y que dejó inmortalizada en un gran cuadro que hoy cuelga en el Museo Reina Sofía. Solana estuvo siempre rodeado de escritores y su pasión por la literatura se reflejó en numerosos escritos.

Su obra literaria es escasa. Sus escritos más relevantes son Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918, dos vols.), La España negra (1920), Madrid Callejero (1923) y Dos pueblos de Castilla (1925), todos ellos cuadros de costumbres, escritos donde Solana refleja esa atmósfera tabernaria y de arrabal, una España negra y grotesca, heredera del esperpento de Valle Inclán y por consiguiente de las pinturas negras de Goya y del tenebrismo barroco de Valdés Leal, entre otros. También, dentro de su obra literaria, contamos con una novela titulada Florencio Cornejo y un librito titulado París que Solana compuso durante su estancia en la capital gala.

La España negra

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Pero centrémonos en el libro de Solana que más me interesó y que refleja claramente su concepción de la pintura y la literatura: La España negra. Leí La España negra en la edición que la editorial granadina Comares publicó a finales de los noventa donde se incluían textos nunca publicados por el autor y de cuya edición y prólogo se hizo cargo Andrés Trapiello.

Trapiello apunta en el prólogo de la obra que “Solana es uno de los grandes escritores españoles del novecientos. No es superior a Baroja o a Azorín, a Unamuno o a Galdós, pero no es inferior a ninguno de ellos”. Quizá Trapiello exagera un poco y la prosa de Solana no sea tan brillante como la de Baroja o Valle, pero lo cierto es que atrapa en sus descripciones, en la recreación de esa atmósfera de podredumbre.

Su prosa es realista pero otras veces da la sensación de que lo hiperbólico sobrevuela sus escritos. Un ejemplo: “Esta Audiencia queda en el centro de una plazuela de la que arrancan cuatro de las calles más típicas de Medina del Campo, donde hay conventos de frailes descalzos. Estos son tan holgazanes que se levantan de la cama por la tarde; todo el día se lo pasan durmiendo y comiendo; tras las ventanas abiertas se les ve con el pecho desnudo y en calzoncillos, lavándose en grandes pilones; sus barbas son tan largas que les llegan a la cintura. Enfrente están las casas de las mujeres de mala vida, que los llaman mucho desde la calle; pero ellos no les hacen caso porque para esos menesteres tiene la comunidad mejores mujeres entre las monjas. Anochecido, los cagones del pueblo, que salen de las casas de lenocinio, se ponen en fila y, bajándose las bragas, con las posaderas al aire, hacen de cuerpo bajo las rejas del convento; los frailes a esa hora suelen estar borrachos, se asoman por las ventanas y vomitan en las espaldas de los cagones y vuelcan sus pestilentes bacines”.

JOSÉ-GUTIÉRREZ-SOLANA-Semana-Santa-10Escenas de este tipo, retratos inverosímiles, imposibles de creer, hacen del libro de Solana más que una simple lista de cuadros de costumbres de corte realista. Más bien nos presenta una estampa que a veces roza el esperpento más atroz. Pero en esta característica precisamente es donde reside su ingenio literario.

Solana nos presenta precisamente una España llena de supersticiones, vagos, clérigos y monjas solazándose, pícaros y maleantes,etc… Esa España que tanto odiaron los intelectuales del 98 donde la religión, la fiesta y la muerte se hacen dueñas de todo el universo creativo y donde se recrea esa España real mezcla de martes de carnaval y viernes santo, de achicoria e incienso.

Y una pregunta sobrevuela mi cabeza como aquel mosquito de tropetilla del soneto de Quevedo que nos desvela en una noche de verano: ¿Ha cambiado mucho España?… Ahí lo dejo.

La Siesta

El verano empieza a acariciarnos con su mano de fuego. Es mediodía y un sol de justicia tiraniza las calles de una ciudad del sur solitaria y silenciosa como un cementerio olvidado hasta por la muerte. El termómetro parece haberse vuelto tarumba y marca temperaturas infernales. Es entonces cuando se impone la siesta, ese momento de asueto después de la comida que hace que los andaluces soportemos más agradablemente las horas de calor infernal.

Aunque para disfrutar de la siesta no es necesario que sea verano, pero el mero hecho de tener que combatir, además de con el cansancio y el sueño, también con el calor, hace que la siesta sea mucho más placentera en los meses de estío. Sobre todo en julio y agosto, esos meses donde las altas temperaturas parecen sumergirnos en sueños árabes y milyunanochescos, en los que se nos aparecen miles de fuentes con pequeños animalitos expulsando agua por la boca y refrescando nuestra memoria con sueños azules y paradisíacos.

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Hace unos años leí un libro de artículos escrito por el poeta sevillano Fernando Ortiz titulado La caja china, un estudio sobre varios aspectos de la cultura andaluza en el que se venía a decir que la siesta es una actividad purificadora a la que pusieron nombre los romanos (sexta ahora) y que se trata de uno de los elementos definitorios de la cultura andaluza. La siesta es uno de los rasgos que nos diferencia de los pueblos del norte.

Cuando estuve en Irlanda viviendo un mes con una familia para familiarizarme un poco, aunque sin mucho éxito, con el idimoa de Shakespeare, los irlandeses nunca lograron comprender a este andaluz que llegaba de la School of English a las tres y, aunque no hubiese almorzado a la hora de España, que eso los ingleses lo hacen a las doce con el lunch, este hombre del sur, un día sí y otro también, se echaba su horita de siesta para recargar las pilas y afrontar lo que deparara la noche.

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¡Bendita siesta!… Porque en nuestra tierra la siesta meridiana, la que se hace después de comer, la de toda la vida, es una costumbre milenaria que no debemos ni queremos perder bajo ningún concepto. La siesta es un momento de descanso en el que la habitación, la sombra de un árbol, una hamaca en un chamizo frente al mar, es como una pagoda donde se rinde culto a esa “buena tradición de no hacer nada” según dejó escrito Borges en su poema Andalucía.

Por esta razón la siesta para nosotros los andaluces es una cuestión estética, que nada tiene que ver con la vagancia. Una manera de comportarnos que nos define y nos diferencia de los demás. Así que durante este verano, cuando el calor apriete, una vez que esté el estómago bien lleno, cerremos poco a poco los ojos y disfrutemos (quien pueda y quiera, claro está) de uno de los placeres que nos brinda el estío: la siesta… ese lento sumergirse en la región maravillosa de los sueños.

Los viejos y los jóvenes

“Unos, jóvenes, pasan. Ahí pasan, sucesivos,

ajenos a la tarde gloriosa que los unge.

Como esos viejos

más lentos van uncidos

a ese rayo final del sol poniente.

Estos sí son conscientes de la tibieza

de la tarde fina.

Delgado el sol les toca y ellos toman

su templanza: es un bien -¡quedan tan pocos!-,

y pasan despaciosos por ea senda clara.

Es el verdor primero de la estación temprana.

Un río juvenil, mas bien niñez de un manantial

cercano,

y el verdor incipiente: robles tiernos,

bosque hacia el puerto en ascensión ligera.

Ligerísima. Mas no van ya los viejos a su ritmo.

Y allí los jóvenes que se adelantan pasan

sin ver, y siguen, sin mirarles.

Los ancianos los miran. Son estables,

éstos, los que al extremo de la vida,

en el borde del fin, quedan suspensos,

sin caer, cual por siempre.

Mientras las juveniles sombras pasan, ellos sí,

consumibles, inestables,

urgidos de la sed que un soplo sacia”.

Reflexiones frente al poema de Aleixandre

imagenaleixandreEn este poema de Vicente Aleixandre titulado Los viejos y los jóvenes, perteneciente al libro Poemas de la consumación, escrito en su vejez, el poeta de Velintonia nos presenta la imagen de unos jóvenes que pasan, sucesivos, “ajenos a la tarde gloriosa que los unge”. Unos jóvenes despreocupados, inconscientes, ajenos al inmenso e inagotable tesoro de la vida que tienen en sus manos. Mientras, un grupo de ancianos los contempla. Estos, los más viejos, son, como dice el poeta, “estables, los que al extremo de la vida/ en el borde del fin, quedan suspensos/ sin caer, cual por siempre”. El sosiego y la fugacidad. Los viejos y los jóvenes.

La juventud siempre se ha caracterizado por la vehemencia, la inestabilidad y el impulso. En la estación temprana de la vida el ser humano pasa frente a los acontecimientos de forma fugaz, no se detiene lo suficiente a contemplar su propio estado ni el de las cosas que le rodean. En el poema de Aleixandre, las juveniles sombras pasan “urgidos de la sed que un soplo sacia”. Pasan con rapidez, ansiosos de saciar su sed de triunfo, ese éxito que a menudo se sacia, como dice el poeta, con un pequeño soplo.

Mientras, los viejos, esas sombras de templanza, toman el sol sentados en un banco de la plaza. Los que han llegado a la cumbre de la vida son hijos del sosiego y la tranquilidad. Los más viejos, al contrario que los jóvenes, “sí son conscientes de la tibieza de la tarde fina”, la disfrutan como un bien preciado, como un tesoro de valor incalculable, del que quizá no puedan disfrutar durante mucho tiempo.

consejos-viejosGeneralmente el anciano tiene más apego a la vida o quizá la disfruta de forma distinta al joven. El paso de los años hace al ser humano más sabio en el arte de contemplar, de sacar más jugo a las bellezas cotidianas, de ver el mundo con los ojos de la experiencia. Mientras, la juventud, ese devino tesoro que cantó Darío, esa dama blanca inconsciente y alocada, da muerte con rapidez a los pequeños tesoros cotidianos que le rodean; no sabe contemplar ni apreciar las maravillas que la vida reserva. Aunque también es cierto, que la juventud la desdeñan quienes la ostentan.

La juventud siempre quiere llevarse la vida por delante, arde en deseos de representar el papel de protagonista en la comedia de la vida. Anhela el éxito, el reconocimiento, el aplauso… “Dejar huella quería y marcharme entre aplausos”, decía Gil de Biedma en un poema memorable. Pero los jóvenes nunca se paran a pensar que en la vida, ese triste teatro del mundo, “envejecer, morir es el único argumento de la obra”.

Carnaval y censura

El hombre común afirma su humanidad frente al poder existente mediante el lenguaje. El lenguaje, bien usado, es un arma poderosa frente al poder establecido. Siempre ha sido así. El temor al lenguaje, a lo que pueden llegar a decir las palabras, siempre ha tenido en los poderosos a sus enemigos más acérrimos.

agrupaciónantiguatiodelatizaEl miedo a la palabra es lo que llevó al cura y al barbero en El Quijote a quemar los libros de la biblioteca del hidalgo manchego y en Farenheit 451, la novela de Ray Bradbury, el gobierno quemaba los libros mientras que la gente los memorizaban para preservarlos y que su legado no se perdiera. En definitiva… siempre le han tenido miedo al pensamiento. No es nuevo.

Durante años la censura ha hecho estragos en las artes amordazando las ideas y vetando el pensamiento de los artistas. Pero también los artistas han sabido buscar sus triquiñuelas para eludir la tijera de los censores. ¿Y sabéis dónde se eludió la censura con una maestría genial?… Como no podía ser de otra manera, fue el pueblo con su sabiduría, con su desparpajo, el que mejor lo supo hacer y esto se ve claramente en las coplas del Carnaval de Cádiz que durante años supo dar la vuelta a la tortilla y saltarse la labor de los censores en multitud de ocasiones.

Un poco de historia

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Sabemos a ciencia cierta que autores de principiosde siglo como ‘Cañamaque’ y ‘El Tío de la Tiza’ estuvieron en ‘La Prevención’, una prisión en la que se encarcelaba a los miembros de las agrupaciones que cantaban letras censuradas. De hecho es a principios del pasado siglo cuando se impone a las agrupaciones la obligatoriedad de registrarse y presentar una copia de sus letras para cantar en la calle.

Pero los autores de las agrupaciones de carnaval usaban una táctica bastante interesante para eludir la censura. Hacían dobles versiones de sus coplas. Unas, las que entregaban a las autoridades y otras, las que realmente cantaban en la calle. De hecho las coplas de carnaval no pararon incluso cuando las fiestas fueron prohibidas tras la Guerra Civil ya que los aficionados se reunían en las tabernas (los llamados “baches”) y cantaban sus coplas. Una de esas tabernas en Cádiz donde se cantaba de manera clandestina se llamó “La tienda de la cabra”, nombre que sirvió como título a un coro de Julio Pardo que me encantó.

Pero ¿por qué se censura la voz del pueblo en carnaval? Muy sencillo. Porque el carnaval es sinónimo de igualdad, de ruptura con el sistema, de poner patas arriba el poder imperante y ejemplo también de lucha de clases porque el disfraz elimina las clases sociales y todos podemos ser reyes, vagabundos, etc… y subvertir el sistema detrás de la careta que el Dios Momo nos proporciona.

La censura moderna

losrecortaosPero no crean que nos hemos librado de la censura por estar en democracia. Hace un par de carnavales pasó con la chirigota de Kike Remolino ‘Los Recortaos’, que justo antes de cantar en las semifinales del Falla fueron registrados por la policía local en los camerinos por llevar pancartas que hacían alusión a los recortes aplicados por el gobierno de Mariano Rajoy.

El miedo a la palabra, esa palabra que creíamos que ya era del todo libre pero que sigue sufriendo las mordazas de los que no quieren que el pueblo alce la voz.

Modernismo y 98

Desde que Gabriel Maura en 1908 denominara por primera vez a un grupo de jóvenes escritores como la Generación del 98 y luego Azorín en 1913, a raíz del comentario de un artículo de Ortega y Gasset, dijera que los hombres de la “Generación de 1898” eran Valle Inclán, Unamuno, Benavente, Baroja, Bueno, Maeztu y Rubén Darío, la historia literaria española ha acuñado el término de Generación del 98 para referirse a una serie de escritores concienciados por el denominado “problema de España”, derivado de la pérdida de las últimas colonias de ultramar.

GEN98

Hasta aquí puede parecer una definición perfecta de dicho movimiento literario, pero desgraciadamente el término de Generación del 98 ha sido utilizado por muchos críticos y también por cientos de profesores de literatura, contraponiéndolo en muchas ocasiones al Modernismo y, la verdad, es que nunca me ha parecido del todo acertada la odiosa dicotomía que intenta reducir a una mera contraposición de estilos y de temas al Modernismo y la Generación del 98.

Creo que es más acertado englobar a regeneracionistas, modernistas, noventayochistas, tremendistas y esteticistas en lo que se denomina Generación del novecientos ya que muchos de los autores incluidos en esos movimientos literarios compartían características similares y mezclaban temas y estilos en sus obras.

El error de generalizar

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Uno de los peligros más graves que corremos al tratar de encasillar a los escritores y reducir el estudio de la literatura a simples generaciones y movimientos literarios es caer en el error de la generalización. Un ejemplo de esta situación lo podemos comprobar en el caso de los hermanos Machado. Argumentar que Antonio solo fue el poeta noventayochista de Campos de Castilla o ver únicamente en la figura de su hermano Manuel al modernista aficionado a la manzanilla y el “cante jondo” es un error garrafal.

 Todo poeta o artista sufre una evolución a lo largo de toda su obra, así que no debe resultarnos nada extraño comprobar que la producción literaria de un escritor participe de dos tendencias literarias distintas. Más aún cuando se trata de dos movimientos que convivieron en un mismo espacio temporal como es el caso del Modernismo y el 98. Porque más que hablar de Generación del 98 yo hablaría de “temática noventayochista”.

 

Distinción artificial

La distinción entre escritores de la Generación del 98 y modernistas es muy artificial, ya que ni a los noventayochistas únicamente les “dolía España”, ni los modernistas se dedicaban únicamente a cantar madrigales frívolos a los cisnes y a las sonámbulas de las esquinas. Por este motivo la dicotomía establecida entre Modernismo y Generación del 98 surge, entre otras cosas, de las rencillas personales entre los propios escritores de ambos grupos que, aunque todos estaban de acuerdo en desprestigiar y arremeter contra lo que denunciaban como “vieja literatura”, es decir, contra Pérez Galdós, Echegaray, Pardo Bazán, Núñez de Arce, etc.., no dejaron de “tirarse los trastos”, como se dice ahora, por cuestiones puramente personales.

Esto lo vemos perfectamente reflejado en la opinión que tenían ciertos escritores del 98, como Azorín o Baroja, sobre poetas modernistas como Francisco Villaespesa y muchos otros, a quienes consideraban simples bohemios irredentos, incapaces de ganarse la vida con la literatura. Fíjense lo que el joven Maeztu pensaba del Modernismo y de sus poetas: “¡No imitéis a los que han buscado el secreto de París, la hora cárdena en las copas de ajenjo!… ¡No imitéis a vuestro desgraciado Juan Ramón Jiménez… joven culto, delicadísimo, lírico cuando escribía sencillamente y que atraído por la caricia de los astros y la sabiduría de los murciélagos ha dado con sus huesos a los veinte  años de edad en una casa de alienados!”…

Juan Ramón fue el poeta de Almas de Violeta, pero también el de Diario de un poeta recién casado y de Animal de fondo… El mismo hombre, distintas formas de concebir la poesía. No podemos simplificar.

juanramonsorollaLa visión de Juan Ramón

Y hablando de Juan Ramón. Sería el poeta moguereño el que diera la mejor visión de lo que significó el Modernismo para la literatura del siglo XX. Juan Ramón rompe con cualquier distinción entre Modernismo y 98 y se aleja totalmente de lo que solemos enseñar a nuestros alumnos de bachillerato sobre la poesía del siglo anterior.

En un curso que impartió en la Universidad de Puerto Rico, cuyas clases fueron recogidas luego en un libro, Juan Ramón plantea que lo que en Francia se llamo Simbolismo, en España y América Modernismo y en otros países fue bautizado con otros nombres, era un movimiento poético y artístico global. Un movimiento que va desde Baudelaire y Poe, pasando por Verlaine, Valle Inclán, Eliot, Lorca o Cernuda,etc… entendiendo el Modernismo como un gran movimiento de conciencia y estético de la modernidad. Juan Ramón siempre miró más allá y nunca fue de quedarse en distinciones puramente academicistas, que muchas veces solo ayudan a entender la literatura como algo encajonado y que viene clasificado.